viernes, 19 de marzo de 2021

Condenado a cien años de soledad

 Condenado a cien años de soledad.

Cuando supo que tenía que viajar a La Habana por razones de trabajo se quiso meter debajo del piso. Él sabía lo que eso significaba: hambre, miseria y explotación. La suerte de todo guajiro que debía pasar un curso de 3 días y además resolver los problemas de la empresa, todo de un tirón como los magos, sin transporte ni alojamiento y con una dieta escasa que no alcanzaba ni para merendar dignamente a la hora cero crítica en que falta una eternidad para almorzar y es cuando los habaneros levantan el dedito arcangélico para conjurar la terrible frase: “Vamos a extender la sesión de clases de la mañana hasta las 1:30 pm para ganar tiempo.” Ahí es cuando la gente comienza a impacientarse y ya le da lo mismo que la profe vea los papelitos secretos que pasan de fila en fila con mensaje para nada subliminal: “es evidente que los habaneros no tienen corazón; retirémonos poco a poco sin atropello en fila india y con dignidad.”

Un viaje a La Habana de ahora para ahorita. Así, como si nada, el jefe de departamento se lo había comunicado con una frialdad de cuchilla Gillette: salía un sábado y debía “supuestamente” llegar el domingo. Nada más y nada menos.

- Vas cómodo Rafaelito. Viajas en Vía Azul.

Llegar un domingo a La Habana, sin mucho dinero, cansado y ponerse a coger camellos para Alamar era solo en una palabra: una tortura china.

Llegó a la casa y se lo comunicó a su madre con una melancolía parecida al que parte hacia la guerra.

- Vieja, mañana tengo que salir para La Habana. No hay tiempo para preparativos secundarios. ¡Esto es ya!

Cogió la mochila del armario y comenzó a echarle cosas al azar, sin importarle mucho que la ropa fuera la mejor, ni que estuviera limpia, ni si los zapatos negro pegaban con la camisa de cuadritos verdes. Lo hizo intuitivamente, sin pensar, como quien hace la mochila para irse de pesca a la presa el fin de semana.

Esa noche no durmió bien. El era un orientalista definido a quien La Habana le parecía una ratonera. Cuando comenzó  a apuntar el alba se encomendó a la divina providencia y comenzó a librarse de su pereza para prepararse para el viaje. Decidirse le tomó la mañana completa. La vieja le tenía preparado en almuerzo digno de un pugilista de los pesos completos. Lo engulló de un zarpazo, le dio un beso a la madre y salió disparado para la terminal de guaguas sin cepillarse los dientes, con la resignación del soldado que se debe al autosacrificio.

Afortunadamente la guagua salió en tiempo. Tomó un asiento al lado de la ventana, lo cual siempre ayuda y sin mirar mucho a los demás infelices que compartían su amarga suerte se deslizó entre las páginas de un libro de García Márquez.

La guagua dio un frenazo para no asesinar a un bicitaxi y fue entonces que él la vio por primera vez. Sentada a su lado iba una muchacha.

Era blanca, quizás demasiado. Dos ojos azules alumbraban su cuerpo de palmera. Llevaba un jean apretado a la cadera y una blusa de lienzo tan blanco como ella. Los zapatos no alcanzó a verlos pues los tenía metidos debajo del asiento delantero. Del cuello le colgaba una carterita de hilos tejidos de diferentes colores, que a él, así de pronto, le pareció de origen mexicano. Tenía el cabello largo y lacio, lo llevaba sujeto en una cola con una felpa, blanca también. Le llamó la atención que no llevara ninguna joya ni legítima ni de fantasía o golfish, que usaban tanto las mujeres de la empresa.

- Coronel, está lloviendo en Macondo.

La frase dicha por el personaje del libro fue el detonante para que comenzara a llover. Primero fue una llovizna fina como pelo de gato pero a medida que pasaban los minutos la tenue brizna de agua se convirtió en un aguacero con rayos y truenos que a él le pareció una exageración de la naturaleza.

Cerró el libro. Ya no había suficiente luz dentro del ómnibus. El agua caía rápida y abundante por los cristales de la ventana y comenzaba a anochecer.

La mujer se movió en su asiento como tocada por la mano húmeda de la lluvia que ya comenzaba a impregnarle al interior del vehículo, una penetrante musgocidad.

Desde ese instante en que ella se movió en el asiento y quizás por falta de otra cosa humana que hacer, el hombre se dedicó a observarla milimétricamente, con la calma y el tiempo suficiente que la bondadosa realidad le regalaban.

La estuvo mirando con el rabo del ojo hasta que la mujer se hizo un agujero negro en la oscuridad. Entonces comenzó a fantasear y la vio como uno de los personajes del libro, saliendo de la sombra para aparecérsele vestida de campesina, con el pelo suelto y una guirnalda de flores en la cabeza. Él se incorporó para tocar la imagen en el espacio pero la imagen se desvaneció cuando la muchacha en el asiento comenzó a toser. Era evidente, por el timbre de la tos, que la mujer estaba despierta.

Entonces algo movió los labios de él, los abrió y susurró casi inconscientemente:

- ¿Quiere venir para este asiento? Puede que la corriente de aire del pasillo sea lo que la hace toser.

- No se moleste –dijo ella, con la misma voz que él se había imaginado que ella tendría- soy asmática. Siempre me pasa esto cuando viajo.

El aprovechó para iniciar el diálogo que añoraba como todo hombre aburrido, en un ómnibus debajo de la lluvia, camino a un destino incierto y con una muchacha al lado.

- ¿Usted viaja mucho a La Habana? Esperó impaciente hasta que la mujer respondió.

- Sí, todos los meses –dijo y se calló-

¡Todos los meses a La Habana! Esta mujer es casi una heroína de las multitudes. Una gladiadora, una amazona, para redondear. Él debía decírselo de inmediato. Decirle que ella era sobrehumana.

- ¡Que fuerza de voluntad! A mí me parece una pesadilla tener que ir a La Habana.

- Ah, para nada. A mí me encantan estos viajes.

El hombre levantó las orejas azorado. ¿Había entendido bien? la mujer disfrutaba viajar a La Habana todos los meses con todo y su asma a cuestas, con la tortura del pasaje, la comida, el alojamiento. Decidido a todo para salir de dudas el hombre luchó por encontrar la manera exacta de preguntarle cómo era posible que ella disfrutara esa antítesis de la coherencia que es para un “palestino” viajar a la capital. Pero esta vez fue ella quien le lanzó un tiro certero.

- Trabajo para una empresa del níquel en Moa y viajo constantemente a La Habana.

¡Ah! Era por eso que ella disfrutaba los viajes. La gente del níquel eran poderosos, tienen buenas condiciones para viajar, sus dietas son en divisa. La mujer había hecho fraude. No estaban en igualdad de condiciones. Él era un sintiera, un trabajador de una empresa que operaba en MN, un desposeído de privilegios niquelíferos. Decidió callarse la boca y volverse hacia la ventana donde las luces de los pequeños pueblos del lado de la carretera, alumbraban a intervalos la ventanilla.

La mente vagó entonces por la tierra roja. Había visitado Moa en una ocasión. Se imaginó al mar de costa pintado de rojo y el humo de la fábrica como un enorme habano contaminando el aire ya irrespirable del pueblo. La imagen de la mujer se caló entonces como una intrusa en sus ensueños y aunque él luchó por exiliarla, ella se impuso vestida de overol azul, con un casco amarillo recorriendo los laberintos de la fábrica de níquel, dando indicaciones, apretando botoncitos, mecánicamente, industrialmente.

Algo sonoro los sacó de sus meditaciones. Era la voz de la mujer. Quería algo. Compartir no sé qué cosa con él. ¡Ah!, un refresco, frío todavía. Él se negó a tomarlo.

- No sea orgulloso. Debe tener hambre. Hace como cinco horas que salimos de la terminal.

El líquido frío le resbaló por la garganta y se convirtió en un sunami para la vejiga. 

La mujer estaba ahora vuelta hacia sí misma, saboreando el refresco de naranja con toda la paciencia del mundo.

- ¿Está casada usted? – ¿y esa pregunta? ¿De dónde había salido esa pregunta? Trató de balbucear algo coherente, distinto, pero la mujer le tomó la delantera.

- Soy soltera ¿y usted?

- ¿Yo?

- Sí, usted. ¿Es casado, tiene hijos, cómo se llama?

La mujer estaba disparando con maúser y en ráfagas.

Él sin detenerse a pensar mucho en las segundas intenciones, le respondió sin titubear.

- Soy soltero, no tengo hijos y me llamo Rafael. Me dicen Rafaelito.

- Yo me llamo Blanca. Encantada.

Blanca le venía como anillo al dedo. Cómo no se había percatado de que ese era su nombre con tanto color blanco que llevaba la muchacha encima.

Blanca, cercana a él en su asiento era ahora la única mujer en el mundo. Disponible alcanzable. No había Elenas, ni Floras, ni Marías. Solo Blanca en la oscuridad, Blanca asmática, de Moa, sentada a su lado en la guagua.

Contrario a lo que él hubiera imaginado, ambos permanecieron callados largo rato sin decir ni una sola palabra.

La mujer despedía olor a perfume Bonabel. Su madre usaba el mismo, por eso lo sabía. Sintió ganas de abrazarla cuando ella comenzó a toser de nuevo. Pero se reprimió el instinto de una manera brutal.

Sentía deseos inmediatos de abrazarla, de besarla, de recorrer su espalda con la yema de los dedos. De poseerla allí mismo en el asiento. De quitarle el jean con los dientes y meterle la lengua en el ombligo.

Cada vez que la mujer se movía en el asiento él sentía una descarga helada en la espalda. Una fiebre porno lo envolvió y vio a la mujer despotricada sobre su miembro erecto, moviéndose lujuriosa como una culebra. El pulso se le agitó cuando en la oscuridad la mujer lo rozó con un codo.

Un codo húmedo y frío como la piel de una rana. El hombre tuvo una erección pétrea, su miembro estaba tan enarbolado que al menor roce se quebraría como un cristal.

En la desesperación acercó el muslo al lado del jean de la mujer. Ella no retiró la pierna sino que puso la mano sobre su rodilla y pretendió que sacudiese un insecto invisible.

La respiración del hombre estaba tan agitada que era imposible que  la mujer no la oyera. Pensó masturbarse virilmente en la oscuridad cómplice del asiento pero no tuvo que hacerlo. La mano de la mujer venía ascendiendo como un lince de su rodilla para arriba. Buscando hambrienta el nido de la culebra alzada. Cada milímetro que la mujer ganaba con la mano sobre su pierna parecía interminable hasta la agonía.

Entonces el hombre le cogió la mano y se la puso obscenamente sobre su miembro húmedo y apetitoso que se desvaneció bajo la mano encendida de la mujer.

Se restregó convulsivamente la mano de la mujer sobre el miembro desnudo y con la mano que le quedaba libre acarició los pezones erguidos de ella por debajo de la blusa de lienzo.

Su lengua buscó la boca de la mujer. Se besaron con rápidos e incoherentes movimientos. Cada uno develando su deseo animal sin pudor ni recelos. Tragándose al otro en una fiebre desesperada y dulce.

Él sintió la explosión de su esperma entre los dedos de la muchacha como si este se hubiera derramado sobre un metal al rojo vivo.

Permanecieron una eternidad callados, respirando los últimos resuellos del deseo. Palpándose en la oscuridad como dos viejos amantes. Jadeando de gozo y alegría sostenida como una clave de sol. Se durmieron.

Los reflejos del sol por la ventana de la guagua lo despertaron súbitamente. Era de día. Era La Habana. Era Blanca encogida como un junco sobre él. La despertó con un pellizco en la nariz.

- Llegamos ingeniera.

Ella se incorporó apenada, con las orejas al quebrarse de la vergüenza. Él la ayudó con el maletín y salió de la guagua. Caminó hasta el asiento para recoger el libro que se le había olvidado en el apuro por ella. Aunque lo hizo todo con la rapidez del furor de alcanzarla, cuando bajó los escalones de la guagua, ya Blanca había desaparecido. La buscó por las afueras de la terminal, a vista de águila entre los barrotes de bronce pero no la vio por ninguna parte. Blanca había huido. Se había ido sin quedarse ni siquiera en una calle o en un número.

Y él estaba allí, en La Habana, un domingo, a punto de abordar un camello, con ganas de llorar. Solo. Palestino. Con la mancha de esperma en el pantalón. Con Blanca pegada sobre la piel y con el libro en la mano como testigo mudo de la orgía. Condenado a cien años de soledad.