domingo, 17 de mayo de 2009

Elegía [Miguel Hernández]

Elegía
En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con
quien tanto quería.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y en tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata le requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Miguel Hernández.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Como la lluvia en febrero

Hay una loma en mi alma
para tender tu cansancio,
y una lámpara que espera
a que le alumbre tu mano.

Acuérdate que te espero
en algún sitio cualquiera;
como la lluvia en febrero,
puedes venir cuando quieras.

Para ceñirte a mi vida
sólo esperanza te pido;
ni forma o tiempo precisas,
tan sólo un poco de olvido.

Haz de tus sombras y fríos
un equipaje ligero;
desátalos en mi pecho,
que yo con ellos te quiero.

Quizás yo calme tu herida,
tal vez tú cures la mía.
Aunque la noche sea larga,
siempre amanece la vida.

Guardo una lágrima intacta
y una sonrisa dormida
para volcar mi alegría
por si vinieres un día.

En algún sitio cualquiera,
acuérdate que te espero.
Puedes venir, cuando quieras,
como la lluvia en febrero.

Mario Casartelli